Hace un tiempo publiqué en redes una frase sencilla sobre las colaboraciones en terapia y psicología que se volvió viral:
“Las personas que consultan para iniciar una terapia no son mías.”
Tuvo una visibilidad que no esperaba. Me llegaron muchos mensajes de compañeras de profesión compartiendo experiencias que les habían dolido: coordinadoras que hablaban de “robar pacientes”, centros que pedían “retenerlos” porque económicamente el centro no iba bien, o situaciones donde elegir un nuevo camino se vivenciaba como una traición al equipo.
Y teniendo en cuenta todos estos mensajes, creo que hay algo que necesitamos revisar con urgencia: la apropiación del vínculo terapéutico.
Cuando la economía se impone sobre la ética
Algunos de los testimonios que recibí hablaban de directoras o responsables que pedían mantener procesos abiertos por necesidad económica, o que culpabilizaban a las terapeutas por cerrar acompañamientos que quizás ya estaban en fase de cierre y la persona así lo vivía.
En otras ocasiones, se usaba el chantaje emocional para justificar estas prácticas:
“Con todo lo que cuesta mantener el centro…”
“Sois unas desagradecidas y no estáis viendo lo que yo doy”
Este tipo de mensajes sitúan a las terapeutas en un conflicto interno: entre la fidelidad a la institución y la fidelidad a la persona que acompañan. Y en ese punto, la ética se difumina.
Cuando una institución pone sus necesidades económicas por encima de la autonomía de quienes consultan, deja de ser un espacio terapéutico para convertirse en un espacio de control.
Hay mucho trabajo detrás de mantener una clínica —eso no lo pongo en duda—.
De lo que hablo es de que quizás necesitamos revisar cómo construimos un equipo y desde dónde lo hacemos.
El vacío legal que da lugar a confusión
Muchas psicólogas trabajan en centros donde las colaboraciones terapéuticas no están del todo claras. No siempre hay contrato, o se firma como “colaboradora” aunque el funcionamiento real sea el de una trabajadora por cuenta ajena.
*La Guía del Ministerio de Trabajo sobre falsos autónomos ofrece más información sobre la regulación actual.
En ese vacío, la legislación tiende a considerar que los pacientes “pertenecen” al centro, especialmente si la consulta se gestionó a través de sus canales.
Pero éticamente —y desde la práctica clínica recogida en nuestro propio código deontológico— esa idea es profundamente cuestionable.
El vínculo terapéutico no es una propiedad: es una construcción viva entre dos personas.
No pertenece al centro, ni a quien coordina, ni a quien derivó. Pertenece al encuentro.
Creo que en este caso la ley no alcanza a comprender, y por supuesto no tiene en cuenta, la importancia de la autonomía de la persona en un proceso terapéutico. Quizás en este caso hay una parte necesaria a revisar, aun con toda la complejidad que supone. Al no entender sobre leyes en este caso no me quiero meter en si es posible.
Lo que sí es posible y se podría poner el foco ahí en que los centros deberían tener esta cuestión más presente: aunque la ley los avale, la ética en nuestra profesión debería ir por delante.
Cuando los centros se apropian de los procesos o impiden que las terapeutas mantengan la continuidad de un acompañamiento fuera del equipo, están vulnerando tanto la autonomía de la profesional como la del paciente. Entiendo el esfuerzo que han podido invertir en la creación del centro, y quizás es necesario revisar los términos de las colaboraciones, dejando la autonomía de las personas fuera de la negociación.
La autonomía como principio terapéutico (y organizativo)
En terapia trabajamos precisamente para que las personas puedan elegir, puedan irse si lo necesitan, puedan decir lo que necesitan y lo que no.
Si nuestros propios equipos no encarnan esos valores, si tratamos los procesos como pertenencias o los pacientes como “objetos”, estamos reproduciendo las mismas dinámicas de dependencia que intentamos ayudar a transformar.
La ética terapéutica no se mide solo en la confidencialidad o en los límites del encuadre.
También se mide en cómo entendemos la autonomía de las personas que acompañamos (y esto debería aplicarse también a las profesionales que forman parte de los equipos).
No se devuelven,
se acompañan hasta donde puedan y quieran caminar con nosotras.
* Puedes consultar el Código Deontológico del Consejo General de la Psicología de España para profundizar en este tema.
Una invitación a revisar nuestras prácticas
No se trata de señalar culpables, sino de revisar las estructuras que sostienen prácticas que no representan los principios básicos de nuestra profesión.
Creo que llegó el momento de preguntarnos cómo queremos organizarnos los equipos terapéuticos.
Revisar cómo construimos los equipos de psicologíatambién forma parte de cuidar la ética y la coherencia de nuestro trabajo.
Si de verdad creemos en el respeto, la libertad y la coherencia, también tenemos que incluir esos valores en nuestras formas de trabajo, en los acuerdos y en la manera en que entendemos lo común.
Incluir la coherencia de nuestra profesión en las colaboraciones también es dar ejemplo de lo que queremos para las personas que acompañamos.
Porque acompañar es ofrecer un espacio de libertad, donde la pertenencia se elige, no se impone. Porque nadie puede sanar en un lugar donde su autonomía se ve condicionada.
